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domingo, 3 de octubre de 2010

LA BRUJA DE DALLAS

Bajábamos al centro de Dallas por la autopista H30 viendo los grandes rascacielos a lo lejos, pero ya cada vez más cerca y a mi cada día me impresionaba más ver el poderoso bosque de gigantes de cristal y acero; porque cuando ya llegabas cerca y te salías del laberinto de autopistas para entrar en el downtown o centro de la ciudad era como entrar en un espacio-tiempo de máximo orden y eficiencia; un deslizarse por grandes avenidas encerradas entre murallas que llegaban al cielo y si mirabas a las aceras era el único sitio de la ciudad donde podías ver gente caminando o dirigiéndose a algún edificio para luego subir y bajar ascensores con silenciosa rapidez. Aparcamos en un parking de pago. Tom y Candace tenían que arreglar unos asuntos en uno de los edificios gubernamentales y yo entonces me dedique a dar vueltas por el downtown caminando. Me sentía extraño; algo así como una especie de aventurero aterrizado en un planeta sin explorar. Extraño conmigo mismo. Mis recuerdos y previa identidad se iban disipando y desfigurando en una especie de desierto pleno de espejismos. Espejos y espejismos. La conciencia se iba transformando en otra cosa mientras el pasado retrocedía provisionalmente. Y el aventurero fue contemplando los rascacielos de cerca y sus grandes entradas con guardias de seguridad de pistola en cartuchera y esposas bien visibles. Había restaurantes de desayunos baratos a base de huevos fritos con bacon o salchichas y patatas ralladas, todo ello acompañado con grandes tazas de café colado. Luego al medio día serían las hamburguesas y las ensaladas con diferentes tipos de aderezos o dressings. Había hoteles y hoteluchos de mala muerte pues en el downtown coexistían la pujanza arquitectónica con ambiciones estelares e imperiales, junto con los edificios decadentes de otras épocas no muy lejanas de ladrillo rojo y escaleras de incendios colgando de las fachadas. A medida que uno iba avanzando por la Main Street al final se tropezaba con una zona desaliñada, de viejos edificios; de negros pobres mal vestidos; de solares medio abandonados; de tienduchas u oscuras tabernas y cines porno miserables; de callejones estrechos llenos de contenedores de basura.

Decidí torcer y coger otra calle y seguí y seguí caminando mirando hacia un cielo estrechado por las moles de 40 y 60 pisos. Pronto cruzaba la calle para ver el bonito edificio de la primera iglesia metodista; y, cerca estaba el templo masón del Scottish Rite o rito escocés y entonces decidí colarme por una puerta pequeña de servicio y ver lo que había dentro, sabiendo que no debía haber entrado, pero las aventuras son las aventuras y seguí caminando por los pasillos hasta llegar al salón de la tenida que en ese momento estaba vacío. Era una sala grande y cuadrada con una especie de altar rectangular en el medio y centenares de butacas en los laterales. Recuerdo algo así como un cortinaje rojo y el lugar vacío pues no eran horas de ceremonial. Luego seguí mirando el edificio por dentro y pronto me fui cruzando con masones vestidos con su atuendo de ritual: mandiles y gorros que solo debían de ponerse cuando estaban en el interior. Había también una amplia cafetería con varios masones ya mayores, quizás jubilados, hablando y tomando café con sus atuendos también visibles. Alguno se quedó mirando para mí con cierta curiosidad o sospecha, quien sabe, y así que decidí salir esta vez por la puerta grande. Un letrero decía claramente: “Prohibida la Entrada a las Personas Ajenas a La Logia.” Satisfecho de mi exploración tiré por otra calle paralela a la Main Street y fui mirando los escaparates que me parecían un tanto aburridos. El mismo downtown parecía que no daba ya mucho de sí como exploración a pie. La ciudad de Dallas no era una ciudad para caminar debido a su extensión y todo su diseño urbano en función del coche.

Fue entonces cuando me llamó la atención un letrero pequeño que decía: “Libros de Ocultismo y Esoterismo.” Busqué entonces un escaparate o una entrada a la curiosa librería, pero no había nada a simple vista en aquel edificio pequeño quizás de los años 20 y de fachada algo feucha y desconchada. Me di cuenta de repente que la entrada era una puerta estrecha que daba a unas escaleras de madera un tanto angostas, así que con la misma decisión con la que había entrado al templo masón entraba yo también en la librería misteriosa después de haber subido un piso y abierto la puerta que daba a un local algo oscuro y de tonalidad roja. Dentro había estanterías y vitrinas con libros y objetos de culto desconocidos. El olor a incienso impregnaba todo el local y llegaba a ser un poco molesta la respiración. Me fui fijando que los objetos de culto o de ritual allí expuestos estaban centrados más bien en la brujería: había cuchillos de sacrificio, hierbajos raros, cremas, cuencos y hasta un ataúd de enterrar niños. Aquello me parecía muy fuerte y pensaba que la moda hippie de exploración de lo oculto se estaba pasando un poco. Una cosa era tontear con los secretos de las fuerzas oscuras del universo, y otra jugar con fuego. Quizás era expresión de ese romanticismo decadente de la clase media americana buscando alicientes más fuertes en sus enormes y variados mercados de consumo. Fui mirando los libros y ya me empezaba a mosquear: brujos y brujas hablaban de sus historias y teorías; había también manuales de rituales y aquelarres y aquello estaba claro lo que era. Como no había nadie hasta el momento atendiendo aquella supuesta librería pues me puse a salir. Pero en ese momento una señora alta y excesivamente delgada, vestida de negro hasta los pies salió a mi encuentro tras salir de alguna trastienda cruzando el cortinaje rojo con cierta amabilidad.

Era una mujer de unos cuarenta y tantos años, de tez muy blanca y con una mirada dulce, cautivadoramente dulce. Una vez cerca de mí me di cuenta que era una señora de suaves movimientos, de delicada expresión, y con un aura de ternura capaz de embelesar a cualquier persona. He de decir que había quedado prendado de la mujer y ella entonces me fue explicando el sentido de todo aquello con voz pausada, modulada, sensual, magnética. De repente empezó a surgir una música de fondo de tonalidad nostálgica; flautas que evocaban infancias perdidas y bosques profundos; luego hubo una inflexión hacia tonalidades más siniestras, más acordes con noches de luna llena en medio de alguna tundra perdida. Estaba prendado de aquella mujer, estaba hipnotizado en un mundo de mágico; me sentía a gusto y envuelto en una mullida ternura erótica. La mujer me seguía hablando y yo la escuchaba sin prestar mucho interés por las palabras, tan solo me atraían los gestos, la tonalidad de voz, la piel de sus larguiruchas manos. Y de pronto sentí terror. Fue algo rápido; una sensación de frialdad la que invadió todo mi ser en instante. La mujer se acercó a mi oído y me dijo: “¿Te apetece un te muy rico que tengo ya preparado?” Era su mirada, su cambio de expresión; quizás la sonrisa malévola o quizás mi hechizo se despertaba a la realidad y me di cuenta que yo no pintaba nada en aquel sitio tan extraño y tan escondido y que aquella mujer ahora me parecía repulsiva y entonces rechacé el té con un tembloroso thank you y empecé a bajar las angostas escaleras de madera hacia la calle como alma que lleva el diablo. Pronto me orienté y me dirigí hacia la cafetería del Montgomery Ward donde Tom y Candace me estaban esperando. Ellos notaron mi nerviosismo, quizás mi el ritmo de mi respiración. Les conté lo que me había pasado y se rieron como si les hubiera contado una broma. Pero aquella visita a la tal librería nunca logré borrarla de mi mente.

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